Cuando un hombre rinde la protesta como oficial policiaco, automáticamente ingresa en la fraternidad más exclusiva que existe. Por este mismo acto se compromete a emplear una parte considerable de su vida en tratar con toda clase de seres humanos; acepta largas horas de trabajo, una paga modesta, peligros y críticas de aquellos a quienes presta servicios. Puede prever largas noches de fastidio, días en que no hay un momento de descanso, mañanas en que se siente demasiado cansado y veladas en las que todo parece suceder al mismo tiempo. Puede esperar una vida hogareña llena de horarios raros y deberes especiales a los que no les encuentran sentido sus vecinos, y lo tolerarán. Cambia su anonimato por un uniforme en el que no se puede esconder. Renuncia a algo de su libertad, aunque la gana en una forma que ninguna otra profesión le puede ofrecer.
Sustituye sus sentimientos personales y privados por el bien común. Sacrifica deseos egoístas para que se pueda conservar la paz, proteger la vida y la propiedad, hacer cumplir las leyes y ordenanzas, descubrir y aprehender delincuentes, evitar el crimen o el delito y confortar a quienes necesitan ayuda.
A todo esto renuncia y todo esto acepta y todo esto hace a cambio de un asiento reservado de preferencia en el mayor espectáculo del mundo.Escuela de la Policía Federal de Caminos, 1976.
15.7.08
El Policía...
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